De Pulgarcito a Meñique

Pulgarcito es un cuento que se cuela en la historia de la literatura infantil a manera de narración oral. Hay indicios de que Pulgarcito pasó por esas transformaciones que los estudiosos describen como el paso de un mito a una leyenda y de una leyenda a un cuento de hadas, o simplemente a cuento infantil.

Pulgarcito tiene una serie de contenidos claramente simbólicos que la sicología arquetipal puede valorar como atributos del alma, o mejor, de la psique. Ese tamañito, esa insignificancia que no alcanza en su momento la magnitud de un dedo pulgar, termina adquiriendo la dimensión heroica y profundamente humana de la fuerza que vive en nosotros, que se expresa con grandeza y que no alcanzaba el tamaño de un frijol o, en nuestro caso, de un dedo de la mano. Son los actos y el bien que causa, lo que le da dimensión a este tipo de personaje.

Ahora bien la estructura del cuento infantil, como es bien sabido, es la que se aleja menos de la estructura del mito, entre otras cosas porque la finalidad de uno y otro es muy semejante. Siempre lleva implícita una enseñanza o una explicación. Siempre tienen una carga de imágenes que están al servició de ir dándole textura al espíritu. Por eso eran los mitos el alimento y la guía fundamental del espíritu de las comunidades tradicionales, por eso es tan importante contarle cuentos a nuestros niños, he allí el alimento para el alma que necesitan tanto como la leche materna, o la caricia oportuna.

Los relatos infantiles, por otro lado, siempre dieron cuenta del universo de valores de quien contaba. En otras palabras, un cuento infantil es una poderosa herramienta de socialización. Los valores, la imaginería, los principios del cuerpo social, tienen en el cuento un vehículo natural. Esto también lo hermana con el mito.

casino online src=”http://www.amazoniafilms.gob.ve/wp-content//uploads/2015/06/Men–iAmigos.jpg” alt=”MeñiAmigos” width=”418″ height=”235″ />Cuando José Martí se propone traducir la historia de Pulgarcito, versionada por Édouard René Lefèbre de Laboulaye, para “La edad de Oro”, es evidente que vislumbra más allá del acto, ya de por sí complejo, de una traducción. En principio tenía plena consciencia de que el cuento del francés, había bebido de la fuente oral de la que también bebieron Hans Christian Andersen, los hermanos Grimm, Charles Perrault y una viejísima tradición oral. Lo otro, que tal vez era más fuerte que el Propio Martí, era su propia convicción de lo que significaba la justicia, el bien, la ética, el deber del gobernante. Y entonces, no solamente tradujo del francés al español, sino que lo hizo del mundo de una ética al mundo de otra. Lo que convierte a Meñique en una traducción exacta y al mismo tiempo en una versión original. No solo pasó de Pulgarcito a Meñique, que termina siendo la misma metáfora que reduce al tamaño de un dedo, la dimensión humana escondida tras la invisibilización, sino que trasegó el mismo espíritu de la vieja tradición oral, a un envase con mejores y más profundas características éticas y de justicia.

Fenómeno semejante pasa con la película: La viejísima leyenda de pulgarcito, tamizada por el talante rebelde y poético de Martí, adquiere una nueva dimensión, la que requiere ese nuevo envase donde es vertido, que es el lenguaje cinematográfico. Acudiendo a la animación que la gigantesca industria cinematográfica tomo para sí, y que desde su tamaño, pequeño pero invencible, Nuestra América asume para entregar un producto dirigido a los niños, renovando no solo el cuento sino la visión del gigante industrial. Nuestros niños tienen que verla para que tengan ante sí, un nuevo abanico de posibilidades expresivas.

Rodolfo Porras